5/4/13

El mató a un policía motorizado




El mató a un policía motorizado no es el titular de una noticia de sucesos, es una frase de Jungla de cristal (Jonh McTiernan, 1988) que da nombre a una banda argentina formada por Santiago Motorizado, bajo y voz; Doctora Muerte, batería; Pantro Puto, guitarra; Niño Elefante, guitarra; y Chatrán Chatrán, teclados; pseudónimos inspirados en los de la lucha mexicana. Original, ¿no?
Su música es bastante fresca y las letras son cortas y repetitivas, como un estribillo constante: “… la voz forma parte de la pared de sonido. Pero las letras buscan en su simplicidad, la síntesis de una idea o concepto, creemos que en esas pocas palabras está un todo, aclarado, no hay que agregar nada más.”
Hay una canción que me hipnotiza especialmente: Mujeres bellas y fuertes
“Gritos toda la noche, el vecino y un cuerpo.
Por el camino de tierra, te vas.
Mujeres bellas y fuertes se han ido mi amigo, y no volverán.”


4/4/13

Sal con una chica que no lee



Sal con una chica que no lee. Búscala en la tediosa miseria de un bar del Medio Oeste. Búscala entre el humo, el sudor alcohólico y las luces de colores de una discoteca de moda. La busques donde la busques, encuentra una que sonría. Asegúrate de que la sonrisa sigue ahí cuando la persona que habla con ella deja de mirarla. Atráela con trivialidades poco sentimentales. Usa las típicas frases de ligue aguantando la risa. Sal con ella a la calle bien entrada la noche. Ignora el peso palpable del cansancio. Bésala bajo la lluvia, iluminados por la tenue luz de una farola, como viste en aquella película. Nota la insignificancia de ese beso. Llévala a tu apartamento. Hazle el amor como un trámite. Tíratela.
Deja que el ansioso contrato que habéis firmado sin querer evolucione lenta e incómodamente hasta convertirse en una relación. Encuentra afinidades e intereses comunes como el sushi y la música folk. Construye un muro impenetrable alrededor de ese terreno compartido. Haz ese espacio sagrado. Refúgiate en él cada vez que el aire se enrarezca o las noches parezcan no tener fin. No hables sobre nada importante. No pienses mucho. Deja los meses correr inadvertidos. Pídele que se mude a tu casa. Deja que la decore a su gusto. Peléate por cosas intrascendentes como por qué hay que cerrar la maldita cortina de la ducha para que no se llene de moho. Deja que pase un año. Comienza a notarlo.
Calcula que, probablemente, deberías casarte con ella porque, si no, habrías estado perdiendo mucho tiempo. Llévala a cenar a un restaurante muy por encima de tus posibilidades, en un cuadragésimo quinto piso. Asegúrate de que haya una hermosa vista de la ciudad. Pide con timidez al camarero que le traiga una copa de champán con un modesto anillo dentro. Cuando ella lo vea, pídele que se case contigo con todo el entusiasmo y la sinceridad que puedas reunir. No te preocupes demasiado si sientes que tu corazón se tira por una de las ventanas. En realidad, tampoco te preocupes demasiado si no sientes nada. Si hay aplausos, déjalos apagarse. Si ella llora, sonríe como si nunca hubieses sido tan feliz. Si no lo hace, sonríe igual.
Deja que los años pasen sin dejar huella. Haz de tu trabajo tu vida. Compra una casa. Ten dos niños preciosos. Intenta educarlos bien. Fracasa a menudo. Déjate llevar por una aburrida indiferencia. Cae en una tristeza indeterminada. Ten una crisis de la mediana edad. Envejece. Asómbrate de lo poco que has conseguido. Siéntete en ocasiones satisfecho, pero vacío y etéreo la mayor parte del tiempo. Cuando salgas a pasear, ten la impresión de que nunca fueses a volver, o de que el viento podría llevarte. Contrae una enfermedad terminal. Muere, pero solo después de darte cuenta de que la chica que no leía nunca hizo temblar tu corazón con una pasión significativa, que nadie escribirá la historia de vuestras vidas y que ella morirá también arrepintiéndose, aunque de forma suave e incierta, de que nunca hizo nada de su capacidad de amar.
Haz todo eso, bendito sea Dios, porque nada es peor que una chica que lee. Hazlo, insisto, porque una vida en el purgatorio es mejor que una vida en el infierno. Hazlo porque una chica que lee posee el vocabulario adecuado para describir esa insatisfacción amorfa que es una vida frustrada: un vocabulario que analiza la belleza innata del mundo y lo hace una necesidad accesible en vez de una maravilla extraña. Una chica que lee reivindica un vocabulario que distingue entre la retórica engañosa e impersonal de alguien que no puede amarla, y la desesperación inarticulada de alguien que la ama demasiado. Un vocabulario, maldita sea, que convierte esta sofistería vacía mía en un truco de feria.
Hazlo, porque una chica que lee entiende la sintaxis. La literatura le ha enseñado que los momentos de ternura se dan a intervalos esporádicos, pero reconocibles. Una chica que lee sabe que la vida no es bidimensional; sabe y demanda con corrección que el flujo de decepciones venga con su correspondiente reflujo. Una chica que ha estudiado sintaxis siente las pausas irregulares –la vacilación en el aliento– endémicas de una mentira. Una chica que lee percibe la diferencia entre un momento de ira entre paréntesis y las arraigadas costumbres de alguien cuyo amargo cinismo seguirá y seguirá mucho más allá de cualquier punto de razonamiento, o propósito; seguirá mucho después de que ella haya hecho la maleta y dicho su reluctante adiós, y decidido que soy una elipsis y no un punto final; y seguirá y seguirá. Sintaxis que conoce el ritmo y la cadencia de una vida bien vivida.
Sal con una chica que no lee porque la chica que lee conoce la importancia de un argumento. Puede rastrear los límites de un prólogo y las agudas crestas de un clímax. Los siente en su piel. La chica que lee será paciente con un intermedio y agilizará un desenlace. Pero, sobre todo, la chica que lee conoce la ineluctable importancia de un final. Se siente cómoda con ellos. Se ha despedido de mil héroes con apenas una punzada de tristeza.
No salgas con una chica que lee porque las chicas que leen son las que cuentan las historias. Tú con Joyce, tú con Nabokov, tú con Woolf. Tú en la biblioteca, en el andén del metro, tú en el rincón del café, tú en la ventana de tu habitación. Tú, que haces mi vida tan increíblemente difícil. La chica que lee ha prolongado el relato de su vida y rebosa de significado. Insiste en que sus narrativas sean ricas, sus secundarios variopintos y su tipo marcado. Tú, chica que lees, me haces querer ser todo lo que no soy. Pero yo soy débil y te fallaré porque tú has soñado como es debido con alguien que es mejor que yo. No aceptarás la vida de la que hablaba al principio de este texto. No aceptarás nada que no sea pasión y perfección, y una vida digna de ser contada. Así que, lárgate, chica que lees. Toma el próximo tren al sur y llévate tu Hemingway. Te odio. De verdad, de verdad, de verdad que te odio.

Charles Warnke




3/4/13

Llorando bajo la lluvia



El invierno de 2012 fue fantástico: un montón de días frescos y soleados que hicieron que me enamorase un poquito de esta ciudad, y es que pude dar tantísimos paseos en el centro sin sufrir ni las hordas de turistas, ni el calor mortal que va de mayo a octubre; a parte de lo increíble que fue poder correr siempre en el parque sin morir en el intento, no como me pasaba en Nunca Jamás (mi ciudad natal, caracterizada por inviernos muy fríos, primaveras frías, veranos de un mes, otoños frío y una estación continua de lluvia).
El invierno de 2013 está siendo el horror, prácticamente no ha parado de llover desde noviembre, y ya estoy más que harta. Siento como si me hubiesen tomado el pelo el año pasado, y no paro de pensar: “para esto mejor me quedaba donde estaba”. Porque esta ciudad bajo la lluvia es fea, asquerosa e incómoda. Es fea porque el gris del cielo no combina nada bien con lo sucio de las calles, y en las calles hay mucha suciedad. Es asquerosa porque la polución hace que el agua de lluvia no sea  ni incolora ni inodora, sino todo lo contrario. Es incómoda porque la ciudad no está preparada para este fenómeno meteorológico (en realidad no lo está para ninguno, pero bueno), así que el trasporte público funciona todavía peor de lo normal (fue aquí donde se inventó eso de “más peor”, sólo decir que el metro se inunda cada dos por tres) y porque el tráfico es “mucho más peor”.
Y lo que más me jode es que después de todo un año matándome para mejorar mis tiempos (hablo como si fuese una profesional, ya ves), ahora sería incapaz de correr 20 minutos seguidos a un ritmo decente; y es deprimente pensar que tengo que volver a empezar, en cuanto lo hago se me quitan las ganas de salir a correr. (Nota aclaratoria: sólo corro en el parque y no en pista o en la calle como todo hijo de vecino porque “el impacto con una superficie con tan poca capacidad de absorción” me destroza literalmente los músculos de las piernas y la espalada, la típica historia de “La princesa y el guisante”). Así que en este momento uno de mis mayores deseos es que el hombre del tiempo se equivoque y que mañana no llueva, ni pasado ni al otro;  y que ese parque que el año pasado me dio tantos buenos momentos deje de ser un barrizal para convertirse en una pista de cross.
Pero eso no es todo, lo peor está aún por llegar: el calor tropical de 40 grados a la sombra que no bajan ni por la noche. Y es que estoy absolutamente convencida que en el momento que ya no llueva más (que tarde o temprano llegará, digo yo), va a llegar el verano de golpe, y nos vamos a quitar el chubasquero (que palabra tan estupenda, chu-bas-que-ro) para ponernos directamente los pantalones cortos y las sandalias.
Y aunque pueda parecer que nunca estoy contenta, no es verdad, ¡yo quiero que sea siempre invierno de 2012!